Viajar es, probablemente, uno de los sueños más recurrentes de todos en esta vida. ¿Cuantos países son suficientes? ¿Cuantos viajes? Nunca lo sabremos.

Pero hay diversas formas de satisfacer este sueño, tantas como formas hay de matar pulgas. Bueno, la verdad es que no se cuantas formas de matar pulgas haya, pero hay quienes dicen que cada quien mata las pulgas a su manera. Yo, como la verdad no voy por la vida matando pulgas, ni observando a los demás matarlas, poco puedo aportar a la discusión, y cuando mucho pensaría que las pulgas se matan con los pulgares ¿o de donde carambas sacaron el nombrecito para el, tan cariñosamente bautizado, dedo gordo?

El tema es que no estamos hablando de pulgas, sino de viajes, y particularmente de viajeros.

Todos somos viajeros, pero entramos en diferentes categorías:

  1. Los frustrados. Aquellos que eternamente sueñan con viajar, pero nunca encuentran tiempo, y si tuvieran el tiempo seguramente no tendrían el dinero. Para cuando tienen tiempo y dinero probablemente ya no tendrán fuerzas, o peor aún, ganas de viajar. Porque lo divertido al soñar con viajar es quejarse amargamente de no lograrlo nunca.
  2. Los tiquismiquis. Aquellos que cuando logran juntar un poco de lanita y encuentran un momento para vacacionar, se arman su paquete All Inclusive, porque no han tenido tiempo de siquiera entender a donde van. Por supuesto, ¡aguas cuando regresen de viaje y les preguntes cómo les fue! Todo lo que sabrán decir es sobre lo mala que fue la experiencia. La comida los enferma, los hoteles son ruidosos, los guías flojos, los monumentos viejos, el clima infame, el costo elevado y las ganas de encontrar un pequeño recoveco de satisfacción, absolutamente nulas. Esos, mejor que ni viajen.
  3. Los románticos. Aquellos que nunca tendrán tiempo ni dinero para viajar, pero que estarán históricamente armando su viaje. Acumularán todos los libros que hablen sobre el lugar que sueñan visitar, navegarán por internet para ver imágenes de cada monumento, cada paisaje, cada rincón de la ciudad de sus sueños. Encontrarán películas que se rodaron en aquellos sitios y vivirán la trama como si hubieran estado ahí. A estos el viaje les dura la vida eterna, aunque nunca se realice.
  4. Los apasionados. Un paso más adelante de los románticos, siempre encuentran el modo de viajar a aquellos lugares que han deseado, porque el tiempo no es pretexto cuando tienen la visión clara de lo que quieren. El dinero tampoco es un problema, porque preferirán dormir en hoteles ruidosos o comer en la banca de un parque antes que quedarse con las ganas de conocer. Devoran cada rincón, disfrutan de aquello que parece una pesadilla, y aquello que en verdad se vuelve una pesadilla lo guardan en el recuerdo para formar un tiempo después una anécdota divertida. Porque para los apasionados el viaje no dura unos días. El viaje lleva un tiempo de preparación y dura toda la vida en el recuerdo, en el aprendizaje, en las pláticas y en el pretexto de planear la siguiente aventura.

¿Y los emprendedores? Esos también se dividen en cuatro categorías:

  1. Los frustrados. Aquellos que sueñan con ser independientes, pero nunca lo han logrado. No hay dinero que alcance y sus obligaciones son tantas que no hay momento propicio de dar el brinco.
  2. Los tiquismiquis. Alguien les dijo que la comida era un buen negocio, o tener una flotilla de taxis, o que se yo que sistema de empresa All Inclusive les ofrecieron (llámese franquicia o mercadeo múltiple), pero nunca han entendio a donde van. Pesadilla acercarse a estos emprendedores para recibir una letanía de quejas, siempre coronadas con el obligado “quién fuera tú, que tienes un sueldo seguro”. Esos, mejor que no emprendan.
  3. Los románticos. Aquellos que nunca tendrán tiempo ni dinero para emprender, pero que estarán históricamente armando su plan de negocios. Son expertos en todo, tienen estudios de todo, ejemplos de todo. Pero nunca llevan nada a la práctica.
  4. Los apasionados. A diferencia de los románticos ellos no se quedan en el proyecto. Tienen una visión clara de lo que quieren transformar y por ello no los detiene ni el dinero ni las condiciones. Lo único que saben es que en sus manos está dejar de soñar. Disfrutan cada proyecto, cada etapa. Entran en donde otros pensarían que es una pesadilla. Y cuando las cosas se convierten en pesadilla, aprenden del fracaso, se sacuden y siguen adelante, pero con más experiencia. Porque para los apasionados la empresa es un estilo de vida. Disfrutan de la planeación, pero sobre todo de la ejecución, de la posibilidad de ver lo que son capaces de transformar. Y cuando parece que ya llegaron al final del recorrido, resulta que andan armando su siguiente aventura.

Tanto en los viajes como en las empresas, lo que importa no es el destino, sino el trayecto. No se trata de llegar, sino de estarse moviendo. Y en el camino hay gozo, no solamente en la llegada.

¿Y tú? ¿Ya estás armando las maletas? ¿O sigues viendo fotos de lo que quieres visitar?

¿Que negocio debo poner? Es probablemente la pregunta que más veces me hacen, tanto en mi correo (caliaga@endira.com.mx), como en mis redes sociales, incluso en reuniones uno a uno, cuando termino de dar una conferencia, por ejemplo.

Tengo en mente abrir un (ponga aqui el changarro de su preferencia), ¿que debo hacer? Es la segunda pregunta en orden de frecuencia.

Y luego viene la parte divertida, porque responda lo que responda, si mi respuesta no es la que aquel que escribe desea leer, simplemente la comunicación se rompe.

Parece que esto no es un problema que se limite a mi ámbito. Hace algunos días desayunaba con mi nurióloga:

–Pide que te cambien el queso manchego por queso panela. Recuerda que un vaso de jugo equivale al menos a tres porciones de fruta, mejor pide la fruta picada. ¿Te vas a comer ese sandwich? ¿Que no ves que son tres rebanadas de pan en lugar de dos?

Bueno caray, ¿quien me manda a meterme a la cueva del lobo? La próxima vez que me reuna con ella fuera del consultorio debo recordar que lo mejor es invitarle un cafecito, para que no me amargue el desayuno.

Pero el asunto es que ella me contaba que hace unos días entró a su consultorio un hombre de 1.75 metros de estatura que pesaba 150 kilos. Osea que era un combo de dos en uno (cabe mencionar que ella no se refiere así a sus pacientes, pero yo si).

El asunto es que el combo se sentó con trabajos para respirar y dijo categóricamente: “¡Mi problema no es la comida!”. Luego entró con más detalle en la plática, donde reveló entre otras cosas que se zumbaba cinco litros de Coca Cola al día, que en el desayuno se empujaba un paquete de pan Bimbo, y en la comida solamente dos kilitos de tortilla.

¡Nombre! Si me queda claro que el hombre tiene problemas serios de metabolismo. Porque todo lo que se le mete por la boca se le hace bola en la panza (insisto que esto lo dije yo, no la doctora, siempre respetuosa de sus pacientes).

–¿Que crees que le debo decir a alguien que llega con esta actitud? – me preguntaba Charo -, porque yo no puedo modificar mis formas de trabajo solo para convencer a un paciente que se sienta a observarme con actitud de auditor, esperando que yo le de la razón. Si el asunto no se trata de mantener a los pacientes contentos, se trata de ubicarlos en la realidad.

Claro, si ella les dice: “Mijito, pues comienza por bajarle a tus cinco Coca Colas, tu paquete de pan y tus dos kilitos de tortillas”, la reacción del combo es sencillamente no volver a consulta.

–¿Pues que le pasa a esta vieja, que cree que yo necesito dietas? Lo que yo necesito es un bypass gástrico. Lo que necesito es que hoy me vaya a dormir y mañana amanezca como varita de nardo. Sin esfuerzos.

Claro, y lo que necesitan los emprendedores es dormirse y amanecer con una empresa que venda millones y no requiera de su tiempo, su capital o sus neuronas. ¿Que, no hay de esas empresas?

Y yo, como Charo, no estoy dispuesto a acomodar mis argumentos, solamente para mantener cerca a mis lectores. Esa sería una postura muy cómoda, más bien parecida a la que aplican muchos autores de autoayuda: Te digo lo que quieres oír, para que me sigas leyendo.

Pero la realidad es que, antes que escritor, soy empresario. Y comencé a escribir con la intención de acercar a los emprendedores esas herramientas que me han servido, pero que cuando comenzaba nadie mi las puso enfrente. Fue a punta de fregadazos que aprendí lo que se debe hacer, pero particularmente lo que no se debe hacer (no de a gratis mi proyecto se llama “Echando a perder se emprende”).

Lo que escribo no es para todos, quien no me quiera leer, que no me lea. Quien busque soluciones mágicas, la verdad, que ni me lea, que para eso hay muchos escritores dispuestos a vender muchos libros.

Lo que yo escribo es para aquellos que saben que toda decisión tiene pegado un precio. Y claro está, ese precio no es sangre, ni horarios de trabajo de dieciseis horas, ni sacrificar a los hijos por el dinero, pero tampoco es dormir y despertar con increíbles ingresos pasivos generados por las ventas del hongo michoacano o que sé yo.

Por eso mi respuesta a las dos preguntas más frecuentes siempre es la misma: Depende de que es lo que quieres lograr.

–¿Que negocio debo poner?

–Depende de que es lo que quieres lograr.

–Tengo en mente abrir un (ponga aqui el changarro de su preferencia), ¿que debo hacer?

–Depende de que es lo que quieres lograr.

Las respuestas no son estándar. Los objetivos de cada emprendedor son diferentes, sus puntos de partida, su conocimiento y recursos son particulares. Todo esto rige un plan particular de negocios.

Y aquí es donde me suelto echando todo el rollo de cómo es que debes comenzar por pensar en donde quieres estar cuando tu negocio camine sobre ruedas. Porque si sabes a donde vas, entonces el camino comienza a ser más claro. Pero si lo único que se te ocurre es que quieres lana y que has visto que al que vende hot dogs afuera del antro le va re bien, por ello has decidido poner cinco caritos de hot dogs afuera de cinco antros, te aseguro que en tres meses estarás vendiendo (si no es que rematando) tus caritos de hot dogs.

¿Donde quieres estar cuando tu negocio camine sobre ruedas? ¿Cuanto quieres ganar? ¿Cuanto tiempo quieres trabajar? ¿Donde quieres vivir? Son solo unas de las tantas preguntas que te ayudarán a responder ¿que negocio debo poner?

¿Que negocio debo poner? Es probablemente la pregunta que más veces me hacen, tanto en mi correo (caliaga@endira.com.mx), como en mis redes sociales, incluso en reuniones uno a uno, cuando termino de dar una conferencia, por ejemplo.

Tengo en mente abrir un (ponga aqui el changarro de su preferencia), ¿que debo hacer? Es la segunda pregunta en orden de frecuencia.

Y luego viene la parte divertida, porque responda lo que responda, si mi respuesta no es la que aquel que escribe desea leer, simplemente la comunicación se rompe.

Parece que esto no es un problema que se limite a mi ámbito. Hace algunos días desayunaba con mi nurióloga:

  • Pide que te cambien el queso manchego por queso panela. Recuerda que un vaso de jugo equivale al menos a tres porciones de fruta, mejor pide la fruta picada. ¿Te vas a comer ese sandwich? ¿Que no ves que son tres rebanadas de pan en lugar de dos?

Bueno caray, ¿quien me manda a meterme a la cueva del lobo? La próxima vez que me reuna con ella fuera del consultorio debo recordar que lo mejor es invitarle un cafecito, para que no me amargue el desayuno.

Pero el asunto es que ella me contaba que hace unos días entró a su consultorio un hombre de 1.75 metros de estatura que pesaba 150 kilos. Osea que era un combo de dos en uno (cabe mencionar que ella no se refiere así a sus pacientes, pero yo si).

El asunto es que el combo se sentó con trabajos para respirar y dijo categóricamente: “¡Mi problema no es la comida!”. Luego entró con más detalle en la plática, donde reveló entre otras cosas que se zumbaba cinco litros de Coca Cola al día, que en el desayuno se empujaba un paquete de pan Bimbo, y en la comida solamente dos kilitos de tortilla.

¡Nombre! Si me queda claro que el hombre tiene problemas serios de metabolismo. Porque todo lo que se le mete por la boca se le hace bola en la panza (insisto que esto lo dije yo, no la doctora, siempre respetuosa de sus pacientes).

-¿Que crees que le debo decir a alguien que llega con esta actitud? – me preguntaba Charo -, porque yo no puedo modificar mis formas de trabajo solo para convencer a un paciente que se sienta a observarme con actitud de auditor, esperando que yo le de la razón. Si el asunto no se trata de mantener a los pacientes contentos, se trata de ubicarlos en la realidad.

Claro, si ella les dice: “Mijito, pues comienza por bajarle a tus cinco Coca Colas, tu paquete de pan y tus dos kilitos de tortillas”, la reacción del combo es sencillamente no volver a consulta.

-¿Pues que le pasa a esta vieja, que cree que yo necesito dietas? Lo que yo necesito es un bypass gástrico. Lo que necesito es que hoy me vaya a dormir y mañana amanezca como varita de nardo. Sin esfuerzos.

Claro, y lo que necesitan los emprendedores es dormirse y amanecer con una empresa que venda millones y no requiera de su tiempo, su capital o sus neuronas. ¿Que, no hay de esas empresas?

Y yo, como Charo, no estoy dispuesto a acomodar mis argumentos, solamente para mantener cerca a mis lectores. Esa sería una postura muy cómoda, más bien parecida a la que aplican muchos autores de autoayuda: Te digo lo que quieres oír, para que me sigas leyendo.

Pero la realidad es que, antes que escritor, soy empresario. Y comencé a escribir con la intención de acercar a los emprendedores esas herramientas que me han servido, pero que cuando comenzaba nadie mi las puso enfrente. Fue a punta de fregadazos que aprendí lo que se debe hacer, pero particularmente lo que no se debe hacer (no de a gratis mi proyecto se llama “Echando a perder se emprende”).

Lo que escribo no es para todos, quien no me quiera leer, que no me lea. Quien busque soluciones mágicas, la verdad, que ni me lea, que para eso hay muchos escritores dispuestos a vender muchos libros.

Lo que yo escribo es para aquellos que saben que toda decisión tiene pegado un precio. Y claro está, ese precio no es sangre, ni horarios de trabajo de dieciseis horas, ni sacrificar a los hijos por el dinero, pero tampoco es dormir y despertar con increíbles ingresos pasivos generados por las ventas del hongo michoacano o que sé yo.

Por eso mi respuesta a las dos preguntas más frecuentes siempre es la misma: Depende de que es lo que quieres lograr.

¿Que negocio debo poner? Depende de que es lo que quieres lograr.

Tengo en mente abrir un (ponga aqui el changarro de su preferencia), ¿que debo hacer? Depende de que es lo que quieres lograr.

Las respuestas no son estándar. Los objetivos de cada emprendedor son diferentes, sus puntos de partida, su conocimiento y recursos son particulares. Todo esto rige un plan particular de negocios.

Y aquí es donde me suelto echando todo el rollo de cómo es que debes comenzar por pensar en donde quieres estar cuando tu negocio camine sobre ruedas. Porque si sabes a donde vas, entonces el camino comienza a ser más claro. Pero si lo único que se te ocurre es que quieres lana y que has visto que al que vende hot dogs afuera del antro le va re bien, por ello has decidido poner cinco caritos de hot dogs afuera de cinco antros, te aseguro que en tres meses estarás vendiendo (si no es que rematando) tus caritos de hot dogs.

¿Donde quieres estar cuando tu negocio camine sobre ruedas? ¿Cuanto quieres ganar? ¿Cuanto tiempo quieres trabajar? ¿Donde quieres vivir? Son solo unas de las tantas preguntas que te ayudarán a responder ¿que negocio debo poner?

-¿Socios o en solitario? – me preguntaba Alfredo Flores en una videoconferencia -, porque estoy diseñando mi proyecto de empresa, pero estoy atorado en esa decisión.

  • Ante la duda más vale solo – le contesté.

Bueno, no exactamente le contesté eso. Durante los siguientes ochenta minutos me aventé un clavado a hacer un análisis detallado de la situación particular de Alfredo para poder responder de forma más particular a su duda. La realidad es que todo ese rollo mareador de ochenta minutos es irrepetible en un texto breve, no es de aplicación general sino particular, y finalmente la conclusión a todo ese análisis se puede interpretar como: Ante la duda más vale solo.

Pero ¿donde se origina esta duda? ¿o cuales son esos elementos tradicionales que nos hacen pensar que necesitamos de un socio (o varios)?

Parafraseando un poco al gurú de la empresa Guy Kawasaky puedo listar algunos de ellos:

  1. Necesito capital porque mi empresa debe ser grande.
  2. Necesito capital porque lanzar mi producto es caro.
  3. Necesito capital porque necesito producir en serie.
  4. Total, con que tenga el 51% de las acciones yo tengo el control.
  5. Necesito socios porque ellos agregarán valor a mi empresa.

La realidad es que a cada uno de estos puntos hay una respuesta contraria que vale la pena plantearse antes de tener que desandar lo andado. ¿Como plantearía yo estos paradigmas? Aqui les va un poco más de detalle de esos largos ochenta minutos con Alfredo:

  1. Mi empresa no debe ser grande. De hecho no todos los barcos anclados en la marina de Cancún (o Acapulco, o Miami, o el puerto que escojan), pertenecen al dueño de una gran empresa. Es más, me atrevo a decir que muy pocos lo son. Y por si fuera poco, muchos emprendedores no deseamos tener un barco anclado en Cancún, por lo que seguramente no necesitamos una empresa muy grande. ¿Ya hicieron la cuenta del tamaño que quisieran que tenga su empresa para tener el nivel de vida al que aspiran?
  2. En lugar de un gran lanzamiento de un producto terminado (que después nadie quiera vender) prefiero desarrollar un prototipo y encontrar un cliente (al menos) que me diga que cambios debo hacerle para que le agrade más. Eso generará un segundo prototipo, que a su vez generará un tercer prototipo, que generará un cuarto, y así. No hay mejor estudio de mercado que poner el producto (o servicio) en manos de quien lo usará.
  3. Claro que no necesito producir en serie. De hecho producir en serie me pone en el riesgo de quedarme con mucho inventario que nadie quiere. Mientras que una producción limitada me permite ser flexible y encontrar la manera de satisfacer realmente al cliente. ¿Precio? No es la estrategia más adecuada competir por precio cuando se puede competir por satisfacción y flexibilidad.
  4. Si tengo el 100% tendré más control que si tengo el 51% de las acciones, pero por encima de mi serán mis clientes quienes tengan el control. De otra forma mi atención deberá estar dividida entre atender a mis socios o atender a mis clientes, quienes tienen objetivos muy diferentes con mi empresa. Mis socios quieren dinero, mis clientes quieren servicio. Atender a mis socios seguramente afectará las decisiones que tome hacia mis clientes.
  5. Es cierto, hay gente que puede agregar valor a mi empresa, pero no necesariamente los tengo que convertir en mis socios. Muchos de ellos circulan por internet con excelentes ideas, otros han publicado sus libros. Aunque si, puedo aclarar que de todo lo que un socio puede aportar, lo más interesante es el valor que me ofrezca, y lo menos importante es su dinero. Si un socio solo ofrece dinero, bien vale la pena pensárselo. Si un socio me ofrece valor, la pregunta sería si ese valor no se contrapone con mis deseos o con los deseos de mis clientes, de manera que a la larga sea una pesadilla.

Es cierto, cuando uno inicia trae el nervio a todo, y es muy difícil lanzarse solo a la aventura. Creemos que andar en bola nos ayuda, creemos que sin mucho capital no la haremos. Esto puede ser ligeramente cierto al principio (y solo ligeramente), el problema es que cuando las cosas estén bien (algunos años después) nos daremos cuenta que, por tener socios, necesitamos tener una empresa más grande, y entonces nos costará más trabajo hacerlos a un lado.

Ante la duda, desde el principio, más vale solos.

Casi cuarentón me topé con un libro de esos que te sacuden el polvo neuronal.

Tres cosas me hicieron decidirme a adquirir y leer el libro: el tema, el autor y el título.

Las finanzas personales como tema se han puesto de moda, porque de pronto, como dice el autor de este libro, las reglas del juego cambiaron para nuestra generación y ya no basta con que uno haga lo que nuestras abuelas: vivir de sus rentas; o lo que hicieron nuestros abuelos: buscar una jubilación. De pronto los sistemas de jubilación y los bienes raíces ya no garantizan una solidez financiera y esto basta y sobra para que tengamos que andar a las vivas.

Y particularmente cuando se es emprendedor la apuesta financiera es fuerte, porque estamos sacrificando nuestra seguridad y comodidad, de tal suerte que echarnos un clavado en los asusntos del adecuado manejo de nuestras finanzas personales puede ser de mucha ayuda hacia adentro de nuestras casas y también hacia adentro de nuestras empresas.

Roberto Morán, autor de este libro es, no solamente una persona que ha vivido de cerca mi actividad como empresario y como autor en temas de emprendimiento, lo cual lo ubica en un espacio privilegiado en mi agenda. Es también el director de una de las revistas más reconocidas en el mundo de las finanzas personales: Dinero Inteligente. Es por ello la cabeza del clan financiero, en el que figuran: Karla Bayly, Isela Muñoz, Sofía Macías, Adina Chelminsky, Eloy López y Sonia Sánchez entre otros. Y si es altamente recomendable leer los trabajos editados de cada uno de ellos, pues hay que imaginar lo valiosas que pueden ser las aportaciones de quien ha tenido a bien intergrar tremendo clan.

Y por último el título: “Lo que debes saber de dinero antes de cumplir 40”. ¿Mira si no ha de ser este título el que pueda despertar más mi curiosidad a menos de un mes de llegar a tan curiosa edad. ¿Que carambas debo saber de dinero y que tenga tan solo treita días para enterarme? ¿Por donde comenzar la enorme lista?

A treinta días de llegar a los gloriosos cuarenta he aprendido de mi buen amigo Roberto Morán que se pueden tener unas sanas finanzas personales sin enormes sacrificios dignos de un monje tibetano. Y esta es una de las grandes revelaciones que me hacen entender porque este señor es el jefe. Porque a decir verdad, aunque los otros autores de finanzas personales siempre tienen algo interesante que decir, sus propuestas son tan fáciles de aplicar como las propuestas de un monje budista para alcanzar la iluminación. Hay que ser de otro planeta.

Somos gastadores, es nuestra naturaleza, y difícilmente seremos otra persona.

He aprendido de Roberto también el valor real del conocimiento universitario (ese que hemos acostumbrado poner en el pedestal más alto y que puede ser el principio de nuestro fracaso o éxito financiero), he aprendido la utilidad de ahorrar, algunas formas de multiplicar el dinero (entre ellas, por supuesto, está el emprender), como tratar los asuntos de dinero en pareja, como usar las tarjetas de crédito, para que sirven los seguros y que necesito evaluar para cuando quiera dedicarme a mis nietos (que espero que todavía tarden en aparecer).

Y de todas estas materias particularmente la que más me ha movido el entramado de neuronas (algunas de las cuales ya aparentan estar desconectadas) fue el tema del ahorro. Porque toda la vida había escuchado a los economistas de la diferencia entre ahorro e inversión, y como a nivel macro y microeconómico hay momentos en que uno crece o el otro decrece. Y yo en mi postura de emprendedor me ubiqué siempre en el lado del inversionista, aquel que es capaz de multiplicar los recursos.

Pero fue hasta que leí a Roberto que me quedó claro que estar de un lado no implica desaparecer del otro. De hecho, el estado deseable es estar en ambos lados: el ahorrador y el inversionista. Y cuando comencé a entender la importancia del ahorro como una protección del corto plazo para situaciones fuera de control (de esas que todo emprendedor vive a cada instante), me di cuenta (antes de cumplir cuarenta) que había algo del dinero que yo no sabía y que me hubiera evitado muchos dolores de cabeza en el trajín cotidiano de mi carrera como emprendedor: no sabía para que sirve el ahorro, no sabía como ahorrar. Y esa ignorancia me ha llevado a tener múltiples dolores de cabeza.

Pero por suerte esta información ha llegado a mis manos a muy buen tiempo. Ahora estoy armando mi estructura básica de ahorro, que dará soporte a mis actuales inversiones (mis empresas). Con esta simple información ya puedo cumplir cuarenta más tranquilamente.

Y si tú estás por cumplir cuarenta, ya los cumpliste o te falta mucho, no importa que edad tengas, pero si quieres saber como poner calma a tus finanzas personales sin la inmaculada conciencia de un monje tibetano, entonces es momento de que salgas corriendo a la librería más cercana y te devores cada página de “Lo que debes saber de dinero antes de cumplir 40”, de Roberto Morán. Tu bolsillo lo agradecerá.

La siguiente carta la escribí hace dos años y medio como regalo de cumpleaños para mi abuelo. Hoy él se nos ha adelantado y quiero compartirlo a manera de homenaje a una vida de 98 años:

“Aunque te había visto por tantos años, tuve la oportunidad de conocerte profundamente cuando cumplí 29 años, apenas la tercera parte de tus 87 vividos.

Hoy, cuando te acercas a los 96, no me deja de sorprender la energía con la que sigues adelante. Porque a tu edad lo importante no es la fortaleza de tus músculos, que se saben débiles por el paso del tiempo. Es, más bien, ese entusiasmo por vivir y que te da la vitalidad que muchos deseamos.

El tiempo que inviertes en lo que siempre has querido hacer, la inquietud de seguir viajando, conociendo y aprendiendo. las respuestas inteligentes y llenas de humor. Todo hace que tu edad sea irrelevante cuando combinas energía con entusiasmo.

“¡Que pasión tiene por la vida!”, o “¡Es emocionante compartir con él!”, dice la gente. Y yo coincido con su opinión. Porque me sorprende el poder de tus pensamientos. Me sorprende tu voluntad de hacer lo que te place, de tomarte el tiempo y no andar a las carreras, de escuchar cuidadosamente, observar interesadamente, pensar diferente.

Levantarte todos los días, erguido en tus pies y sin la ayuda de un bastón, para asistir a tu oficina, cuando muchos, más jóvenes que tú, esperan con ansias el retiro que no llega. Ser espiritual, cuando el mundo está inundado de lo material. Escuchar a los jóvenes para aprender de ellos, cuando hace mucho que podías considerar que todo lo sabes.

Eso he aprendido durante nueve años. ¿Cuanto más tengo que aprender de ti? No lo sé. Solo tengo algo claro: Cuando sea grande quiero ser como tú.

Guillermo Gargollo Rivas, abuelo, gracias por existir.

Nota al pie: Desde pequeño siempre quise ser empresario. Nunca, por mi mente, pasó la idea de ser empleado. Probablemente a los ocho años habré ideado mi primer negocio, y seguramente entonces hice mis pininos como vendedor.

La responsabilidad absoluta de mi vocación es de mi abuelo. Siempre quise ser como él. Siempre quise tener mis empresas. Me entretenía escuchando sus pláticas sobre empresas quebradas, sobre el hambre en sus primeros años de casado. Me fascinaba escuchar sus consejos, sus frases y anécdotas, en los pocos ratos que nos visitaba, solo algunas veces al año.

Hoy ya pasé por el hambre, ya tuve empresas quebradas y tengo otras funcionando. Hoy soy lo que soñé, lo que admiraba de mi abuelo, y aún así he aprendido a admirarlo más. Hoy lo tengo más cerca y por más tiempo. Hoy sigo pensando que algún día, cuando sea grande, quiero ser como él.”

Descanse en paz Guillermo Gargollo.

–Todos piensan en una miscelánea y lo único que hacen es canibalizar el mercado sin tener idea – comentaba José Suárez, director de Desarrollo Económico en San Juan del Río.

El comentario salió a propósito de la molestia que los comerciantes de esa ciudad habían mostrado al enterarse que Bodega Aurrerá abriría en los próximos meses varias tiendas en un formato pequeño. “¿Cómo es posible? ¿Que no ven que son extranjeros? ¿Porque el gobierno no les prohibe el acceso? Van a acabar con nosotros y se van a llevar a nuestros clientes”.

– ¿Y como puede el gobierno impedirlo? Si la empresa cumple con toda la normatividad, incluida la de monopolios – insistía Suárez -. Si no se trata de desproteger a unos, pero tampoco se les puede proteger por encima de lo que la ley contempla.

Y entonces vino la explicación de lo que él veía. Cualquier persona que se retira o que recibe un finiquito de empresa, en lo primero que piensan es en una miscelánea instalada en la accesoria de su casa. No importa que el vecino de enfrente ya haya abierto una. El asunto es que hay clientes para todos.

Claro, eso de que hay clientes para todos es el pensamiento más primitivo que pueda existir, pero nada está más alejado de la realidad. Cada tienda que se abre satura el mercado. El único ganador es el cliente, porque la excesiva oferta obliga a los comerciantes a bajar precios, mejorar servicios, o en el mejor de los casos a ambas.

Y es en esas estrategias de ajuste donde radica el mayor de los problemas cuando hay que enfrentar a los grandotes, porque erróneamente creemos que lo mejor será competir con un precio más bajo, y después de entrar en una encarnizada guerra de precios terminamos cerrando las puertas.

Si tan solo los pequeños comerciantes apostaran más por el servicio y no por el precio se darían cuenta que su tamaño les permite ser más eficientes, con un trato más cálido y a la medida de cada cliente, con inventarios y mercancías específicos para un grupo de la población. Mientras los grandes se conforman con contratar gente del más bajo perfil, invertir dos centavos en capacitarlos, y estandarizar todo lo que sea posible. Si un producto no genera volumen va para afuera.

Es precisamente en esos productos, que por su bajo volumen han abandonado los anaqueles de los grandes almacenes,  donde los pequeños se fortalecen. Si ofreces exactamente lo mismo que Bodega Aurrerá, más te vale que encuentres la forma de competir por precio. ¿Pero que sucede cuando ofreces precisamente lo que no ofrecen ellos? ¿Que sucede cuando no ofreces lo que tu vecino, el de la miscelánea de enfrente? Que encontrarás clientes que estarán felices de que existas, porque solo tú entiendes sus necesidades.

Y es muy probable que esos mismos clientes se encarguen de hablar de ti con quienes, como ellos, buscan algo a la medida, algo no estandarizado. Serán ellos, tus clientes satisfechos, tus mejores publicistas, y los encargados de hacer que sigas abriendo las puertas.

Agrégale a la oferta de productos toda una experiencia de compra mucho más humanizada, mucho más personal y ¿que crees? Así te pongan una Bodega Aurrerá a cada lado de tu puerta, los clientes seguirán entrando contigo.

Ya el proteccionismo se acabó, y eso es un gran beneficio para el cliente, que antes estaba obligado a comprar malo y caro. Ahora es momento de dejar de llorar por los rincones y encontrar fortalezas donde los grandes no pueden.

Pobres corporaciones gigantes, que nunca tendrán la capacidad de reaccionar con la velocidad que pueden reaccionar las pequeñas empresas. Pobres empresas gigantes que difícilmente podrán ofrecer un servicio humanizado, que es la estrategia de mercadotecnia más eficiente.

¿No me crees? Te invito a que lo intentes. Como alguna vez dijo Tom Peters, escritor norteamericano: “Si apuestas por el servicio vas a necesitar bolsas muy grandes para llevar a tu casa todo el dinero que generes”.

 

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