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Probablemente sea yo muy simple, pero pocas escenas cinematográficas recuerdo que me diviertan tanto como aquella en que Hitch (Will Smith) enseña a bailar al arrítmico Albert Brennaman (Kevin James). Uno cadencioso, el otro descompuesto, y el contraste hilarante.

Hitch es un especialista en seducción, y esto puede poner a más de una mujer al borde del escándalo, nada más de pensar que este fulano se dedica a instruir a los hombres en las artes del amor, al puritito estilo de Casanova. Todo sea para incrementar la “cosecha de mujeres” (en palabras de Chico Che).

Pero nada más alejado de la realidad, porque resulta que Hitch es un hombre de principios, y sus servicios los otorga solamente a aquellos amantes dispuestos a aplicar sus enseñanzas solamente con la mujer de su vida, y no con conquistas pasajeras, situación que queda de manifiesto cuando se niega a brindar sus servicios a Vance Munson (Jeffrey Donovan).

- Me dijeron que tú ayudas a los hombres a llegar ahí.

- Correcto, pero, este es el asunto: mis clientes realmente quieren a las mujeres. El “pisa y corre” no es lo mío.

- Déjame ponerte las cosas claras, rabino, yo necesito ayuda profesional.

-Bueno, eso es estúpidamente cierto.

Por supuesto las cosas se le complican al pobre de Hitch, porque Munson de cualquier forma hace lo propio, y para acabarla de amolar, la afectada es la mejor amiga de la novia de Hitch, que por si fuera poco es periodista.

Cuando ella cuestiona a Munson, él culpa a Hitch, y la despechada periodista no tiene suficiente con dejar a su novio, sino que le da un periodicazo (aprovechando su profesión), y acaba definitivamente con su carrera.

Estos periodistas tan viscerales que nunca consultan la otra cara de la moneda para ofrecer una historia completa. Pero ese no es el tema.

El tema es que precisamente esa forma de pensar, la de Hitch, y no la de Munson, es la que más me ha ayudado a seducir clientes.

Cuando de seducir clientes se trata, el “pisa y corre” es la peor estrategia. Para seducir clientes realmente hay que quererlos, y entonces conquistarlos como conquistaríamos a la mujer de nuestros sueños. Con interés de agradar y no con un interés mezquino de sacar ventaja.

Porque los clientes (como las mujeres) no se tragan todo, y puede que con artimañas logremos engañarlos una vez, pero difícilmente podremos repetir la hazaña de engañar a un cliente que ya cayó en nuestras redes.

Si queremos clientes que permanezcan tenemos que interesarnos por ellos. Tenemos que seducirlos mediante lo que ellos buscan, y cumplirles. Entonces los tendremos con nosotros una y otra vez.

Y en mi experiencia personal no hay nada más rentable que un cliente que se mantiene cerca. Por ello es mejor cambiar la estrategia y comenzar a seducir a los clientes con la intención de mantenerlos cerca durante mucho tiempo, formando lazos sólidos, a prueba de la competencia.

Por ello la mejor forma de seducir a los clientes es a la manera de Hitch.

Ahora que, regresando a Albert Brennaman, el pupilo de Hitch que protagoniza Kevin James. Ese sí que es un maestro de la seducción. Brennaman es el verdadero maestro seductor.

Porque por más esfuerzos que hace Hitch para enseñarle el adecuado comportamiento del perfecto seductor, Brennaman, con su característica torpeza, lo hace todo a su aire, pasando por alto las enseñanzas del gran maestro. ¿Y cuál es el resultado? Maravilloso. Termina conquistando a la mujer de sus sueños. Simple y sencillamente por ser como es.

Ser alguien más no vale de nada. Si en la vida y en la empresa somos consistentes, tarde o temprano encontraremos a nuestra contraparte. Ya sea una pareja o muchos clientes.

-¿Sabes que? Si firmo mis libros con un plumón morado en lugar de esta pluma negra, hace juego con el color de la portada y el libro se verá más coqueto – le comentó Guadalupe Loaeza a Mariana, la Directora de Mercadotecnia de Editorial Endira, mientras firmaba un ejemplar de “El arte de ser abuela” en la Feria del Libro de Guadalajara -. Quiero un plumón morado para firmar los libros.

Muchos comentarios he escuchado en contra de Guadalupe Loaeza por sus ideales políticos o por la temática de sus escritos. Lo que es un hecho es que la señora tiene un público lector fiel (lo que la convierte en una marca), y que su producción y sus ventas son la envidia de más de un escritor (obvio, muchos de ellos la critican porque quisieran estar como ella).

Actualmente, en veinticinco años de publicar libros, con “El arte de ser abuela” de Editorial Endira (que publica también mis libros), Guadalupe ha alcanzado cuarenta y tres libros lanzados. Casi dos por año durante toda una vida profesional.

-¿Que tal si a la hora de la comida alguien se lanza a comprar el plumón a una papelería? – comentó Mariana a alguien más en el stand de la editorial, a unos metros de donde se encontraba la autora.

-Mariana, quiero firmar con un plumón morado – insistió Guadalupe Loaeza un par de minutos después, sin perder nunca la sonrisa.

-Ya estamos viendo como conseguírselo – contestó amablemente Mariana.

-Quiero firmar este libro con un plumón morado. En la sección de niños hay plumones Vayan por un plumón morado para que pueda firmar este libro – insistió.

Acto seguido hubo una movilización urgente en el equipo de la editorial para que en menos de dos minutos el plumón morado estuviera en las manos de la escritora, y la dedicatoria en el libro a su gusto.

-¿A poco no se ve más coqueto así que con una pluma negra? – comentó con una sonrisa Guadalupe, y siguió atendiendo a todos los lectores que se acercaban a solicitar su autógrafo.

Me queda claro que para que un autor pueda publicar cerca de dos libros por año durante un tiempo tan largo como veinticinco años, es porque esa persona es disciplinada y constante. Es porque no está sentada en una silla, o acostada en una hamaca, esperando la gloriosa aparición de la musa inspiradora.

Sin duda Guadalupe Loaeza se sienta todos los días a escribir a la hora que tiene que escribir, sin interrupción y con disciplina. Y sin duda esa disciplina la ha transmitido a la gente que trabaja con ella, de forma directa o indirecta. Editores, correctores de estilo, diseñadores, publicistas. Todo aquel que ha trabajado con Guadalupe Loaeza sabrá que las cosas se resuelven en el momento. Sabrá que si se requiere un plumón morado, se requiere en ese preciso instante, no en unas horas, no mañana.

Solamente así se puede producir un resultado exitoso.

Otros autores, muchos de ellos, serían calificados en el idioma inglés como procrastinators, que para desgracia de nuestro idioma no hay una palabra literal que signifique lo mismo, pero que se refiere a aquel que acostumbra dejar las cosas para más tarde.

Otros autores no producen lo que la señora produce, y no venden lo que la señora vende. Otros autores no se preocupan por el color de la tinta con la que firman, y si lo hacen, piensan que más adelante pueden resolver aquello que de momento no es tan importante.

Guadalupe Loaeza, en cambio, no solamente ha producido más de cuarenta libros, ni se preocupa exclusivamente por el color de la tinta con que firma autógrafos. A la señora hay que verla trabajando.

En Guadalajara la analicé a detalle. Daba entrevistas lo mismo en la mañana que en la noche, parando algunas veces a comer solamente un sandwich y seguir trabajando. Saludaba amablemente a todo el que se le acercaba, aceptaba fotos, firmaba autógrafos.

Uno de esos días estuvo firmando libros por más de dos horas, y cada firma era una dedicatoria personalizada que los lectores agradecían de todo corazón.

Guadalupe Loaeza, le guste a quien le guste, ha construido un público lector fiel por medio de constancia, dedicación, respeto, y un sentido de urgencia soprprendente para una mujer que a estas alturas de la vida podría haber ya adoptado una postura de diva, que merecida la tiene. Pero no lo ha hecho así. Porque ella sabe que esto se sigue construyendo todos los días.

Yo vi a Guadalupe Loaeza pedir un plumón morado y hacer que todos se movieran para que ella pudiera tenerlo. Yo vi como, a partir de ese momento, Mariana cargaba siempre un plumón morado de repuesto, para evitar correr si al anterior se le acababa la tinta o se perdía.

Yo, a partir de ese momento, he adoptado una nueva ley de trabajo: “La Ley del Plumón Morado”. Y con esa nueva ley evitaré dejar para mañana lo que se puede hacer hoy. Solamente así, en veinticinco años, estaré donde siempre he soñado que me gustaría estar. No hay más.

Un día llegó a mis manos un libro de magia. Eran mis últimos años de secundaria y no era yo una persona muy ocupada que digamos, aunque me gustaba decir que no tenía tiempo para nada. Maravillosas eran esas largas tardes sin nada que hacer, pero sin tiempo para nada.
Así que encontraba yo en mi ajetreada agenda la manera de leer una y otra vez las páginas de aquel libro mágico y practicar, una y otra vez, cada uno de los trucos. Los repetía frente al espejo hasta hartarme, con la intención de dominarlos y poder ejecutarlos frente a una audiencia que se maravillara de mi capacidad de aparecer y desaparecer lo que se me antojara.
¿Y quien no ha disfrutado alguna vez de la actuación de un buen mago? ¿Quién no ha sido sorprendido por un truco que retara su imaginación? ¿Quién no disfruta todavía de la magia?
La posibilidad de tener lo que nunca hubiéramos soñado. Esa es la magia. Es algo que va más allá de nuestros sueños. Es algo que nunca hubiéramos esperado.
Mi oportunidad de debutar como mago llegó en la fiesta de una vecinita. Sus papás estuvieron de acuerdo en que yo entretuviera a la pequeña concurrencia con todos mis trucos, acomodados meticulosamente dentro de una maleta que coloqué sobre una mesa.
Inicié el primer truco. Un auditorio de ruidosos pequeños estaba frente a mi cuando hice mis ensayados pases mágicos sobre una pelota y ¡chan chan! Desapareció.
No pasaron ni dos segundos cuando un niño gritó: ¡La guardó en su bolsa!
Me apresuré a iniciar el segundo truco, tratando de hacer caso omiso de la acusación, pero el infame chamaco insistió: ¡La tiene en la bolsa! – e inmediatamente corrió hasta mi para meter su mano en la bolsa de mi saco.
Yo lo evité como pude ganas no me faltaban de sacarlo a patadas de ahí), pero al mismo tiempo se pararon otros dos, y luego muchos más. Corrieron hacia la maleta y comenzaron a sacar todo lo que había guardado, descubriendo cada truco que tenía preparado.
La función terminó.
El debut más corto y más frustrante que algún mago haya tenido jamás.
Me deshice de todo mi equipo, acomodé el libro junto a todos los demás en mi biblioteca y enterré por siempre mi sueño de ser mago.
No volví a pensar en la magia hasta ahora que se conjuntaron dos elementos: visitar Cuba y leer “Profanaciones” de Giorgio Agamben.
Cuba es un lugar mágico. Cualquiera que haya estado ahí y haya disfrutado del clima, la arquitectura y la música, sabrá lo que significa tener aquello que nunca hubiera soñado. Sabrá lo que es la magia de un pueblo.
En contraste es impactante ver como abunda gente que se las ingenia de una u otra forma para conseguir algunas monedas de los turistas.
No es un pueblo que viva en la miseria. No se ven indigentes, ni casas de cartón como se ve en el resto del mundo, incluidos los países desarrollados. En Cuba todos tienen casa, comida, educación y salud. ¿Que no es esto suficiente para ser felices? ¿Porque la tristeza en sus ojos?
Trataba de encontrar la explicación a esta situación cuando leí en el libro de Agamben la siguiente frase: “Aquel que tiene lo que sabe que merece, seguramente vive bien, pero no será feliz, porque no es por medio de nuestros esfuerzos y nuestro sudor que podemos ser felices. Solamente la magia puede hacernos felices.”
Los cubanos tienen, como resultado de su revolución, lo que saben que merecen, y lucharon fuertemente por ello. Pero eso no los ha hecho felices porque, si bien todos tienen lo mínimo indispensable, también es cierto que nadie (o muy pocos) pueden tener lo que nunca han soñado. Se les ha negado la magia, y de la mano la felicidad.
Paradójico. Un pueblo que no conoce la magia, porque el socialismo se la ha negado, pero que produce momentos mágicos para todos los que los visitan.
Bendito capitalismo que nos permite encontrar la manera de tener más de lo que podemos esperar. Y bendita la oportunidad que tenemos los que emprendemos de toparnos de frente con la magia.
La felicidad no es un asunto destinado a los demás, pero sucede que la felicidad nos espera en el punto donde pareciera que no es para nosotros. La felicidad nos espera cuando la magia llega.
Hoy me doy cuenta que mi maleta de emprendedor está llena de trucos, de esos que me permiten exceder mis sueños. Hoy me doy cuenta que soy un mago; lo se porque lo aprendí en Cuba, y lo único que deseo es que los cubanos encuentren la magia pronto, para que tengan lo que nunca han soñado.

102 kg marcaba la báscula esa mañana. El entusiasmo era grande, pero no me había dado cuenta que estaba a punto de iniciar mi empresa más difícil: bajar 10 kilos en 90 días.

No era esa la primera vez que sabía que tenía que hacer algo con mi peso. Ni siquiera era la primera vez que lo intentaba. Muchas veces en los años anteriores había dicho que lo haría, pero pocas veces tuve la voluntad de mantener mi idea operando por más de cinco días. Todo se desmoronaba al llegar al primer fin de semana, porque así como hay fumadores o tomadores sociales, yo me he dado cuenta que soy un tragón social.

Sin embargo esta vez era diferente. Me recuperaba de una operación de rodilla y tanto el ortopedista como la terapeuta insistieron que bajara de peso si quería mantener mis articulaciones sanas por muchos años. La conciencia del ejemplo que daba a mis hijos, una de ellas en la adolescencia, también fue un factor decisivo. Así que solamente me faltó un último aliciente: apostar con León Krauze durante su programa de radio, en vivo, en cadena nacional. Ya lo había declarado y eran muchos los testigos. No había marcha atrás.

Las primeras semanas no solamente fueron fáciles, también efectivas. Todos aquellos kilitos que andaban sobrando se formaron ordenadamente para ir desapareciendo uno a uno. Pero pasados quince días parecía que nada se movía. ¿Que tan difícil puede ser quitarse algunas harinas y otro poco de azúcares? ¿Que tan complicado sería caminar a la oficina en lugar de tomar el coche?

Así lo hice, paulatinamente fui restringiendo mis alimentos e incrementando mi ejercicio. Los fines de semana seguían siendo mortales, pero decidí que tres copitas de alcohol y una rebanadita de pastel por semana eran un excelente premio para el esfuerzo de los seis días previos.

Nada. Nada en esa báscula se movía. Las semanas iban pasando y los kilos, que tan obedientemente se habían formado al principio para desaparecer, ya no estaban dispuestos a abandonarme. ¿Será que ya me habían tomado cariño?

Apretar. Menos carbohidratos, más ejercicio. Y la báscula comenzó a ceder con un kilo a la semana, a veces unos gramos más, a veces unos gramos menos.

-¿Porque no mejor vas con un nutriólogo? – insistió mi esposa una vez más (la misma historia se repetía cada semana).

Accedí. Incrédulo decidí que nada pasaba si probaba y comprobaba que mis esfuerzos eran superiores a los conocimientos de un nutriólogo. Llegué puntual a la cita, preguntas de rutina, súbase a la báscula, tome estas agarraderas… anotaciones… más anotaciones. Perfecto, a sus 38 años tiene usted un metabolismo equivalente al de un hombre de 58. En estas semanas, derivado de su dieta baja en carbohidratos,  ha estado sufriendo pérdida de músculo y su cuerpo se defiende, por eso no pierde más peso. En pocas palabras, está usted desnutrido.

Puff.

La moral por los suelos.

Mi nueva dieta, alta en carbohidratos. Una semana después 1.5 kilos abajo. Me mordí la lengua. Yo no era capaz de hacer funcionar bien mi cuerpo, y por si fuera poco mis experimentaciones estaban dañando mi salud.

Sin embargo había algo que si dependía absolutamente de mi. Seguir al pie de la letra las instrucciones de la doctora.

-¿Un tequilita? -De ninguna manera. -¿Una rebanadita de pastel? – Por supuesto que no. -¿Medio chocolatito? -Menos. Sabiendo que esa es tu debilidad es lo último que vas a probar. Cuando se te antoje un chocolate tómate un café con sustituto de azúcar. -Pero yo soy un ser social. ¿Como voy a sobrevivir a las reuniones? -Con compromiso.

Con compromiso. Compromiso era lo único que me había llevado hasta ahí. Compromiso con mis articulaciones, con mis hijos, con el auditorio de León Krauze. Compromiso conmigo, porque no es grato estar a dieta, no es grato dejar de probar un pastel o tomar una cubita. No es grato hacerlo por semanas o meses. Pero menos grato es comenzar por no poder agacharte a amarrar los zapatos y terminar con los problemas degenerativos de la diabetes en la edad madura. Y más ingrato es inculcar estos malos hábitos a tus hijos.

Así que sin nada más que las instrucciones de una especialista y un absoluto compromiso con mi cuerpo seguí paso a paso la dieta, sin fallar un solo día por el resto de las semanas que me quedaban.

Hoy peso 92 kilos, 10 menos que hace 90 días. Me siento mejor, me veo mejor, me he acostumbrado a pedir un café cuando se me antoja un postre. Hoy los 10 kilos en 90 días han sido solamente el principio de mi compromiso por llegar a mi peso ideal y mantenerlo por el resto de mis días. Tendré que ser consciente cada día que me levante y me vea al espejo, de saber que dentro de mi hay un hombre obeso, que si me descuido volverá a aparecer. Ese será mi compromiso de todos los días. Y esa es mi recomendación para ti.

México, D. F. 11 de marzo de 1991 – Cuatro meses de darle vueltas al asunto (de verdad era yo un hombre penoso), y finalmente Mariloli me interceptó en el patio de la escuela para que le aclarara en que situación se encontraba nuestra relación.

-¿Pues tú que dices? – le dije muerto de pena.

-Que muero por andar contigo.

-Pues ya está, andemos – y salí huyendo torpemente del lugar.

Estadio Azteca. 4 de junio de 1995 – Al minuto 83 Bassay recibe pase de García Aspe para colocar el balón en la red, derrotando al Cruz Azul. Era el partido de vuelta por la final de la liga mexicana. El Necaxa, después de 56 años de sequía, se coronaba campeón.

Naucalpan, Edo. Mex. 7 de septiembre de 2004 – Sentados en un Vips, Jorge Alemán y yo platicábamos como iniciaríamos las operaciones de la empresa que acabábamos de constituir. Algo de capital, algo de experiencia y unas ganas brutales de comernos el mundo era lo único que acompañaban esas múltiples tazas de café que la mesera servía con cara de: “¿A que hora se van estos dos?”

Mariloli fue mi primera novia. Aquello de las mujeres no era lo mio. Vivía en un mundo paralelo. Mi único amor era la fotografía artística y, un poco por mi absurda timidez, prefería pasar largas horas encerrado en mi cuarto obscuro revelando mis fotos en silencio. Pero un buen día se me cruzó, muy risueña, esta mujer. No es que fuera la primera vez que la veía, la conocía desde la primaria. Pero ese día la observé por primera vez, y sin saber como, me hice su mejor amigo. Al menos así podía estar cerca todo el tiempo. Y conforme pasaban los días más me apasionaba su presencia.

Claro que no estuve presente en el campeonato de 1938, ni mis padres habían nacido. Es más, aquel partido de 1995 era el primero del Necaxa que veía en vivo. Peor aún, era la primera vez que visitaba el azteca. Apenas seis meses antes nunca me había interesado el futbol, pero como estudiante de ingeniería, rodeado de puros hombres, tres cuartas partes de las conversaciones giraban en torno al balón. O le entraba al tema o me quedaba al margen.

-¿A quien le vas? – me preguntaban mis compañeros.

-¿Quien es el que va mejor en la tabla?

-El Necaxa.

-Pues le voy al Necaxa.

Semana tras semana la historia se repetía. Cuando menos me di cuenta, en mi cerebro el Necaxa tomó su lugar. Algunas semanas después el Necaxa perdía el liderato de la tabla y entonces fue el corazón el que comenzó a funcionar. Ya le había tomado cariño al asunto, ahora deseaba con pasión que el equipo fuera grande. Ahora no me perdía un solo partido por televisión y vivía al borde del asiento los noventa minutos.

Esta no era la primera empresa que fundaba. Muchas ya habían cerrado sus puertas. Alimentos, eventos, incluso una tienda de fotografía. Pero esta vez todo era diferente. Esta vez se habían sumado una de mis aficiones (la lectura), con una de mis aptitudes (la logística). Esta vez había fundado una empresa que no respondía al simple impulso de hacer dinero, sino de hacer lo que hago bien y lo que me gusta. Esta vez estaba creando una empresa que me apasionaba.

¡Cómo ha pasado el tiempo! Ya no soy el hombre tímido que se refugia en la obscuridad de un laboratorio, ahora soy capaz de pararme frente a un millar de personas y hablarles por horas. Hoy no solamente disfruto ver el futbol, me apasiona ver a mi hijo defendiendo la portería de su equipo con la garra de un profesional, e incluso me ha dado a últimas fechas por participar en un equipo amateur (puros viejos panzones sudando la gota gorda). Y mi empresa sigue adelante. Es lider en logística editorial en México y no tenemos todavía un competidor serio (aunque hay muchos improvisados queriendo hacer dinero).

Hoy llevo más de 20 años con Mariloli, tengo con ella tres hijos y platicar con ella es mi mejor pasatiempo. Después de cinco campeonatos y tres subcampeonatos de diferentes ligas, el Necaxa está en la liga de ascenso, pero en mi corazón sigue siendo el equipo que me mueve el corazón y se que lo volveré a ver en la cima. Back Logis es una empresa sólida y autosuficiente que no me ha hecho millonario en términos de dinero, pero me ha hecho millonario en términos de realización. Es la empresa que me permitió iniciar el diseño de mi vida ideal.

Hoy vivo apasionado por mi esposa, el Necaxa y mi empresa. Pase lo que pase mi pasión está en ellos y así se mantendrá por siempre. Si la vida no está hecha para apasionarse entonces no me queda claro que es lo que hacemos aquí.

Ya sé que te parecerá extraño si te digo que en este blog no vas a encontrar muchas entradas nuevas cada que lo visites. Pero esto es por tu propio bien y tu salud mental (y la mía).

¿No me crees? ¿Que pensarías si después de inscribirte en mi blog comienzas a recibir un nuevo mail cada día con la primera tontería que se me ocurrió escribir?… No me lo digas, al final de la primera semana dejarás de leerme, y al final de la segunda es muy probable que mandes mis correos a tu carpeta de spam, o peor aún, entres a mi blog para cancelar tu suscripción y recuperar la tranquilidad de tu bandeja de entrada.

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¿De acuerdo?

Nos vemos eventualmente por estos rumbos y mientras tanto te deseo la mejor de las suertes al emprender.

Carlos Aliaga

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