Ahora que le hemos puesto nombre al miedo

Llegaba siempre esa hora maldita en la que tenía que acostarme en la cama y esperar a que mi madre apagara la luz de mi recámara. Ese era el momento más electrizante del día. El miedo me recorría al grado de dejarme lo suficientemente inmóvil como para siquiera intentar salir de las sábanas para alcanzar el apagador y resolver el problema.
El miedo a aquello que no podía identificar, pero que invadía todo mi campo visual, era incontrolable.
No bastaba con cerrar los ojos. De hecho cerrar los ojos podía incrementar esa sensación de pánico. Seguramente (no recuerdo a detalle) prefería quedarme con los ojos abiertos, tratando de ubicar aquello que me rodeaba, y siendo vencido finalmente por el cansancio que me llevaba al sueño profundo.
Amanecer en una recámara llena de luz era la mejor recompensa a aquella aparente valentía de soportar la oscuridad noche tras noche.
Pero el tiempo fue pasando y los miedos indefinidos fueron tomando formas más claras. Por ejemplo, apareció en el repertorio el “viejo del costal”, conocido por aquellas épocas como el “roba chicos”.
Esos son miedos maravillosos. Porque a diferencia de la oscuridad absoluta de la noche, donde no sabes que es lo que te paraliza, cuando tu miedo tiene nombre, cara y forma es más fácil dominarlo.
Si ves a un hombre vagabundeando por la calle, simplemente no te le acerques, puede ser el “roba chicos”. De hecho cualquier desconocido, aún vestido de ejecutivo, podría ser un buen candidato para convertirse en el “hombre del costal”, probablemente en versión glamorosa.
Mantenerse lejos de los desconocidos podía ser suficiente para poner en control el pánico producido por la terrible idea de ser robado por un malvado hombre que te sacara los ojos y después te pusiera a pedir limosna en un semáforo (bueno, eso decían mis papás para que de verdad me quedara claro que con extraños no se habla).
El problema con los miedos es no ponerles nombre, no dimensionarlos. Porque los miedos conocidos pueden ser controlados, o en el peor de los casos evitados. Pero aquellos miedos innombrables (que no tienen nada que ver con expresidentes), esos son paralizantes.
Pero la vida avanza, y aunque debo confesar que todavía la obscuridad absoluta, acompañada de un silencio sepulcral, puede remitirme a esos días de infancia y ponerme el cuero chinito, en otros ámbitos me he dado cuenta que la única manera de enfrentar un miedo sin nombre es aprendiendo a vivir con él.
“No sé porque, pero me da miedo”, es lo que muchos inquietos emprendedores me dicen cuando ya están en el límite de la decisión de lanzarse a aquello que parece el vacío (y sin red de protección). Porque claramente el emprendimiento es, como hablar en público, uno de esos tantos miedos sin rostro que nos dejan fríos por completo.
Y si le rascamos un poquito, pues resulta que durante nuestros días de infancia se nos enseñó a terminar la tarea.
-No sales a jugar a la calle si no terminas la tarea – me decía mi madre al terminar de comer, para luego completar -. Y cuando andes en la calle cuídate del “roba chicos”.
-Si no terminan no hay recreo – insistía la maestra en el salón de clases, como si ella y mi madre se pusieran de acuerdo para dar instrucciones.
El hecho es que se nos enseñó que las cosas se deben terminar o estamos fallando a nuestra responsabilidad.
¿Y al emprender? Resulta que siempre hay un cliente al que dejamos de ver, una cotización pendiente por enviar, una cuenta que cobrar. Nada se termina, todo está en el aire.
La sensación en nuestra pequeña empresa que se abre camino por el mundo del mercado es la misma que una pequeña lancha a la deriva, sin remos, en medio del océano. Esa sensación de que nunca llegaremos a tierra firme por más esfuerzo que imprimamos en ello. Es estar en medio de una inmensidad, como la sensación de la obscuridad y el silencio absolutos.
El gran reto del emprendedor es aprender a vivir con ello. Sentirse cómodo con lo que no se ha hecho. Participando en el eterno ciclo de lo interminable.
A diferencia de la escuela, en nuestra empresa nada se termina, y eso está perfectamente bien. Porque por más miedo que esto nos pueda generar, el simple hecho de saber que enfrentamos algo que nos podría paralizar es suficiente para entender que lo que tenemos enfrente bien vale la pena.
Y ahora que ya le hemos puesto nombre al miedo de emprender tenemos dos opciones: controlarlo o evitarlo.

Ir al video: Resolver cuellos de botella

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12 comentarios
  1. Es muy lindo y muy interesante, me siento así ahora que he decidido dejar mi empleo en una universidad y trabajar tiempo completo en el consultorio como psicoterapeuta, en mi experiencia este es el tono con el que se emprenden estas batallas de vértigo… un abrazo

    • Carlos dijo:

      Muchas gracias por tu comentario Lucía. Un abrazo de vuelta

  2. Pues ahora que estoy en un punto crítico de mi vida profesional m e viene como anillo al deo y cuando digo “crítico” me refiero a algo complejo no malo, gracias por compartir eos mensajes.

    • Carlos dijo:

      Me da gusto saber que un escrito llega en el momento correcto. Gracias El 05/07/2012, a las 12:53,

  3. Carlos, tienes mucha razón al afirmar que no puedes vencer aquello a lo que no conoces… Una vez que logras definirlo, entonces puedes enfocarte, puedes analizarlo, puedes encontrar posibilidades y aún pedir ayuda.

    Pero si no lo conoces, entonces es un fantasma que asecha en la obscuridad de tus temores sumiéndote en la angustia.

    El problema es que muchos viven su angustia sin esforzarse por desenmascarar su pesadilla…

    Gracias por compartir estos temas que invitan a la reflexión.

    Saludos desde el Mayab

  4. Muy buena reflexion sobre el miedo, ahora que estoy a punto de lanzar mi gran proyecto empresarial, me servira definir claramente a que le temo, porque es inevitable sentir ese sentimiento cuando de correr riesgos se trata 🙂

    • Carlos dijo:

      As es Ariel. Define bien tus miedos y te dars cuenta que es ms poderosa tu mente que la verdadera dimensin de los problemas. Mucho xito en tu empresa El 10/07/2012, a las 15:23,

  5. Me parece muy interesante hablar del miedo, el buen lider conoce sus limitaciones y trabaja con ellas. Existe gente que le tiene miedo al error, cuando hay que verlo como una oportunidad. A menudo somos intolerantes con los demas y los errores q por miedo cometen. CAda uno de nosotros cometemos errores. Tenemos nuestros propios asuntos que corregir.

    • Carlos dijo:

      Anabelle: Coincido contigo en que el error es una oportunidad. Muchas gracias por el comentario El 10/07/2012, a las 17:41,

  6. Manuel Magaña dijo:

    Yo no tengo miedo de emprender; lo que no tengo es dinero

    • Carlos dijo:

      Que suerte la tuya. No se necesita dinero para emprender, se necesita controlar el miedo.
      Llevas una gran ventaja a la mayoría.

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