No es el destino, es el trayecto

Viajar es, probablemente, uno de los sueños más recurrentes de todos en esta vida. ¿Cuantos países son suficientes? ¿Cuantos viajes? Nunca lo sabremos.

Pero hay diversas formas de satisfacer este sueño, tantas como formas hay de matar pulgas. Bueno, la verdad es que no se cuantas formas de matar pulgas haya, pero hay quienes dicen que cada quien mata las pulgas a su manera. Yo, como la verdad no voy por la vida matando pulgas, ni observando a los demás matarlas, poco puedo aportar a la discusión, y cuando mucho pensaría que las pulgas se matan con los pulgares ¿o de donde carambas sacaron el nombrecito para el, tan cariñosamente bautizado, dedo gordo?

El tema es que no estamos hablando de pulgas, sino de viajes, y particularmente de viajeros.

Todos somos viajeros, pero entramos en diferentes categorías:

  1. Los frustrados. Aquellos que eternamente sueñan con viajar, pero nunca encuentran tiempo, y si tuvieran el tiempo seguramente no tendrían el dinero. Para cuando tienen tiempo y dinero probablemente ya no tendrán fuerzas, o peor aún, ganas de viajar. Porque lo divertido al soñar con viajar es quejarse amargamente de no lograrlo nunca.
  2. Los tiquismiquis. Aquellos que cuando logran juntar un poco de lanita y encuentran un momento para vacacionar, se arman su paquete All Inclusive, porque no han tenido tiempo de siquiera entender a donde van. Por supuesto, ¡aguas cuando regresen de viaje y les preguntes cómo les fue! Todo lo que sabrán decir es sobre lo mala que fue la experiencia. La comida los enferma, los hoteles son ruidosos, los guías flojos, los monumentos viejos, el clima infame, el costo elevado y las ganas de encontrar un pequeño recoveco de satisfacción, absolutamente nulas. Esos, mejor que ni viajen.
  3. Los románticos. Aquellos que nunca tendrán tiempo ni dinero para viajar, pero que estarán históricamente armando su viaje. Acumularán todos los libros que hablen sobre el lugar que sueñan visitar, navegarán por internet para ver imágenes de cada monumento, cada paisaje, cada rincón de la ciudad de sus sueños. Encontrarán películas que se rodaron en aquellos sitios y vivirán la trama como si hubieran estado ahí. A estos el viaje les dura la vida eterna, aunque nunca se realice.
  4. Los apasionados. Un paso más adelante de los románticos, siempre encuentran el modo de viajar a aquellos lugares que han deseado, porque el tiempo no es pretexto cuando tienen la visión clara de lo que quieren. El dinero tampoco es un problema, porque preferirán dormir en hoteles ruidosos o comer en la banca de un parque antes que quedarse con las ganas de conocer. Devoran cada rincón, disfrutan de aquello que parece una pesadilla, y aquello que en verdad se vuelve una pesadilla lo guardan en el recuerdo para formar un tiempo después una anécdota divertida. Porque para los apasionados el viaje no dura unos días. El viaje lleva un tiempo de preparación y dura toda la vida en el recuerdo, en el aprendizaje, en las pláticas y en el pretexto de planear la siguiente aventura.

¿Y los emprendedores? Esos también se dividen en cuatro categorías:

  1. Los frustrados. Aquellos que sueñan con ser independientes, pero nunca lo han logrado. No hay dinero que alcance y sus obligaciones son tantas que no hay momento propicio de dar el brinco.
  2. Los tiquismiquis. Alguien les dijo que la comida era un buen negocio, o tener una flotilla de taxis, o que se yo que sistema de empresa All Inclusive les ofrecieron (llámese franquicia o mercadeo múltiple), pero nunca han entendio a donde van. Pesadilla acercarse a estos emprendedores para recibir una letanía de quejas, siempre coronadas con el obligado “quién fuera tú, que tienes un sueldo seguro”. Esos, mejor que no emprendan.
  3. Los románticos. Aquellos que nunca tendrán tiempo ni dinero para emprender, pero que estarán históricamente armando su plan de negocios. Son expertos en todo, tienen estudios de todo, ejemplos de todo. Pero nunca llevan nada a la práctica.
  4. Los apasionados. A diferencia de los románticos ellos no se quedan en el proyecto. Tienen una visión clara de lo que quieren transformar y por ello no los detiene ni el dinero ni las condiciones. Lo único que saben es que en sus manos está dejar de soñar. Disfrutan cada proyecto, cada etapa. Entran en donde otros pensarían que es una pesadilla. Y cuando las cosas se convierten en pesadilla, aprenden del fracaso, se sacuden y siguen adelante, pero con más experiencia. Porque para los apasionados la empresa es un estilo de vida. Disfrutan de la planeación, pero sobre todo de la ejecución, de la posibilidad de ver lo que son capaces de transformar. Y cuando parece que ya llegaron al final del recorrido, resulta que andan armando su siguiente aventura.

Tanto en los viajes como en las empresas, lo que importa no es el destino, sino el trayecto. No se trata de llegar, sino de estarse moviendo. Y en el camino hay gozo, no solamente en la llegada.

¿Y tú? ¿Ya estás armando las maletas? ¿O sigues viendo fotos de lo que quieres visitar?

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3 comentarios
  1. Antoine Kerfant dijo:

    Muy buena la analogia entre viajar y emprender. Lo importante es el camino, no el destino.

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